JUAN GONZÁLEZ MORENO - TERTULIA LA VARA SEMANA SANTA DE CARTAGENA

Con Juan González Moreno (Aljucer, 1908 - Murcia, 1996), asistimos al renacimiento de la escultura religiosa en la región, dejando a un lado los agotados patrones salzillescos. A pesar de haberse iniciado en el ambiente de los talleres tradicionales, su amistad con el grupo de artistas más renovadores del panorama local murciano de los años veinte y la obtención de una pensión para estudiar escultura en la Escuela Central de Bellas Artes de San Fernando de Madrid le permitirían ampliar sus horizontes creativos. Su estancia en la capital le permitió conocer la obra de aquellos escultores que perseguían una conciliación entre clasicismo y vanguardia, entre ellos José Capuz, cuya obra ya había tenido ocasión de admirar cuando se desplazó a Cartagena para contemplar el Descendimiento (1930), grupo que llegó a la ciudad tras una gran repercusión a nivel nacional. Terminados sus estudios y ya de regreso a su tierra, desarrollaría una gran actividad en el campo de la escultura religiosa. Pero la culminación de su formación vendría cuando, tras sus estancias en Italia (1948-49 y 1952) y Francia (1955) uniera al aire renovador de la escultura que conoció en su etapa madrileña la impronta del renacimiento italiano y la influencia decisiva del clasicismo renovado, de formas puras y plenas, de un Aristides Maillol, dando como resultado una obra que podemos inscribir dentro de lo que se vino en llamar mediterraneidad.

 

Es a esta etapa de madurez a la que pertenecen el grupo del Santo Entierro de Cristo y la Virgen de la Soledad que esculpió para los marrajos y que, según señalaba el mismo escultor, fueron sus mejores obras procesionales. Con anterioridad había realizado, también para los marrajos, un Cristo Resucitado (1943), que formaba parte de un proyecto más ambicioso que nunca llegó a realizarse, y, ya para la Cofradía del Resucitado, la Virgen del Amor Hermoso (1946). Pero, volviendo al Santo Entierro, resulta evidente por qué el escultor lo consideraba su mejor grupo procesional. Suponía esta obra la culminación de anteriores trabajos como el Santo Entierro de Murcia (1941), el de Albacete (1945) o, incluso, el Descendimiento de Burgos (1954). En todos ellos había ido avanzando en la consecución de una unidad compositiva que lograría de manera plena en su obra cartagenera. El grupo, compuesto por seis figuras en las que se singularizan claramente los diferentes caracteres y estados de ánimo, está presidido por el eje que impone el cuerpo muerto de Cristo y que se prolonga en el sudario y la losa, del que parecen tomar su aliento cada uno de los demás personajes. Ofrece, de este modo, multiplicidad de puntos de vista, como requiere la escultura procesional, pero sin que por ello se pierda en ningún momento la idea de unidad narrativa y compositiva que domina la obra. Como en la más clásica de las tragedias, los personajes nos muestran un sufrimiento interiorizado, rechazando vacíos aspavientos barrocos. El artista consigue transmitir ese sentimiento mediante recursos estilísticos contemporáneos, a través de la talla de los cabellos y la tensión de los planos cortantes de los ropajes, resaltados por la policromía aplicada directamente sobre la madera que aflora libremente en las aristas. La influencia del renacimiento aparece evidente en el subgrupo de Arimatea y Cristo, recuerdo de la Piedad de la Catedral de Florencia de Miguel Ángel o en la pose decidida de San Juan. El personaje del Apóstol, en un alarde más de dominio de las reglas del género, desempeña un papel fundamental en el grupo puesto que asiste al desarrollo de la escena al tiempo que dirige su mirada angustiada al público, sirviendo de puente entre el nivel icónico y el nivel real de los espectadores del cortejo procesional.

 

Y si excepcional resulta el grupo del Entierro, no lo es menos la imagen de la Virgen de la Soledad. Se trata de una imagen cerrada sobre sí misma que describe un ritmo lineal muy marcado, procesional, confluyente en el espacio entre la mirada de la Virgen y sus manos fuertemente apretadas que parecen concentrar toda la energía interior

 

Juan González Moreno, desde su actividad docente en la Escuela de Artes y Oficios de Murcia - de la que sería director desde 1963 hasta su jubilación en 1977- y, sobre todo, a través del magisterio de su obra impregnada de clasicismo renovado, se convertiría en el referente de la nueva escultura regional a la que incorporó al discurso general del arte superando el ámbito de lo local, aun cuando todavía esté pendiente del merecido conocimiento y reconocimiento nacional.

 

 

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